miércoles, 1 de marzo de 2017

¿UTOPIA?

                                                     


 ELLAS


Érase una vez que se era, un grupo de mujeres valientes a las que la vida les había roto algunos de sus sueños.
Entre ellas no se conocían, pero he aquí que la casualidad, el destino, la suerte o la decisión de ellas mismas, las llevó a un castillo encantado donde conocieron a tres estrellas. Una era la confianza, otra el amor a sí mismas, y la última, la positividad.
La primera les enseñó a recuperar sus propios yo; la segunda les proporcionó poder para sentirse igual de guapas por fuera como por dentro; y la positividad, aunque fue la que más trabajó, también consiguió su propósito, les dio alegría y fuerza para seguir luchando en la batalla.

Pero llegó el día en que tuvieron que abandonar el castillo y a las estrellas. Todas lloraban por la despedida, aunque lo que no sabían era que esas lágrimas eran vanas, porque las estrellas habían penetrado tanto en sus vidas y en sus mentes que jamás se separarían de ellas.

Cuando iniciaron el camino de regreso, iban cargando un equipaje menos pesado, pero más completo, en sus maletas llevaban a las estrellas y a todas aquellas mujeres que pasaron de ser desconocidas a compañeras de un mismo viaje.



miércoles, 15 de enero de 2014

CAPÍTULO XLIV







15/01/2014

Es la última página de un libro –diario que me ha costado rellenar. En él van cosidas con puntadas pequeñas, mis sensaciones y emociones con el dolor físico.

Lo leerá mi familia, mis amigos, y también aquellas personas que un día optaron por seguir mis reflexiones en un modesto blog de internet. E incluso gente que nunca oyó hablar de mí, que nunca vio mi cara, aquellos que se verán reflejados en mis reivindicaciones, pero sobre todo quiero y deseo, que lo lean todas y todos los compañeros de dolor imparable y eterno y que en un momento dado incluso me agradecieron plasmar con letras lo que ellos no sabían expresar con palabras.

Agradezco a todos los que han hecho que los últimos doce años hayan sido más fáciles de sobrellevar, y a los que, aunque estuviera a punto, no me dejaron tirar la toalla, a los que me mostraron un camino que yo no sabía que existía, y, a los que nunca me dejaron sola.





CONTINUARÁ...

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martes, 7 de enero de 2014

CAPÍTULO XLIII





Quisiera describir de una forma adecuada y sin que nadie se sintiera herido, mi estado de ánimo, y eso es muy difícil. La psicóloga me recomienda continuamente que debo educarme en ser yo misma le pese a quien le pese, y que si para no herir a los demás tengo que ser otra, mi salud terminará pagándolo.

Llevo toda la vida intentando ser buena hija, buena hermana, buena tía, buena madre, buena esposa y ahora buena abuela. Pero ¿qué es ser buena en todo eso?, ¿decir lo que los demás quieren oír y hacer lo que les conviene aunque me perjudique a mí misma? Vito, mi primera psicóloga, y Carmen, la actual, coinciden en que ¿para cuándo iba a dejar lo de ser buena “yo”, es decir, buena para mí misma?
Lo intento, que conste que lo intento, pero siempre termino estrellándome, hay enfados, malestares, y yo termino sintiendo que he actuado mal. Y los consejos que recibo son que eso me debe resbalar, que el ser humano tiende a la autodefensa y que eso no sirve solo para mí, sino también para los que me rodean. Eso es lo que debe cambiar, alguna vez yo tengo que ser ellos y ellos ser yo.

Parece enrevesado pero no lo es, simplemente algunas de las personas que nos rodean, se dan cuenta de que hemos cambiado, que no somos las mismas, que no podemos volver a serlo, pero no lo admiten, ¿y cómo solucionarlo?, forzándonos emocionalmente a esa marcha atrás para intentar recuperar aquella parte de nosotros que más les gustaba. Lo penoso, es que lo hacen sin darse cuenta (quiero creerlo así) de que nos provocan más mal que bien, que por no querer aceptarnos tal y como somos ahora, nos hacen mucho daño, y si ya de por si nos cuesta trabajo vivir una vida nueva, pero llena de altibajos, dolores, cansancio y diez mil cosas más, por si solas, deberían imaginarse lo que nos cuesta, si encima no recibimos su apoyo y su  ayuda.

“La fibromialgia genera sentimientos tanto en el paciente como en los otros miembros de la familia. Es indispensable expresarlos sanamente para evitar resentimientos y actitudes hostiles que solo pueden empeorar los síntomas o causar crisis en el enfermo”
(totalcure.xyz).











domingo, 29 de diciembre de 2013

CAPÍTULO XLII










29/12/2013



Van acabando las páginas de otro año más.
En el recuerdo tantas amistades que se han fraguado a lo largo de mi guerra con la fibromialgia, los del grupo de Google, Maskamigas, mis amigos y compañeros de la universidad. Todos ellos, absolutamente todos, están dejando una huella en mí, que nunca nadie podrá borrar. Me han apoyado en mis peores momentos, y se han alegrado conmigo en las batallas que he ido ganando con ayuda, bien a través de sus palabras escritas, del pequeño micrófono de un teléfono, o directamente al oído sentados a mi lado en la terraza de un café, pero siempre salidas de sus corazones.

Los que ya no están, y los ausentes porque así lo quieren, dejan un halo de nostalgia en la mesa de estos días que nos impide estar del todo contentos. También esa pizca de tristeza, que no echamos hacia fuera y que se queda dentro, nos provoca apatía y sensación como de tener ganas de que todo termine.

Y particularmente hablando, estas Navidades han sido para mí un poco tristes, me voy dando cuenta que cuando los hijos se van porque han formado su propia familia, se van olvidando poco a poco de la que dejaron atrás. Y no son reproches, yo lo comprendo, pero antes lo que peor podía ocurrir era que aumentara el número de comensales a la mesa o las visitas a los familiares, ahora es que disminuya. Yo que he sido persona de gustarme esos momentos de reuniones familiares en masa, sobre todo cuando aún vivía con mis padres y a veces nos reuníamos en casa de los tíos hasta treinta personas, que cantaban bailaban, contaban chistes y conseguían que las sonrisas se quedaran congeladas en nuestras bocas durante varios días, me cuesta trabajo acostumbrarme al sistema actual y automático de preparar la cena, comer, y que cada uno vuelva a su casa porque se están quedando dormidos en el sofá.
Y no tiene nada que ver con el dinero, en casa de los tíos primero y en casa de mis padres después, no se colocaban sobre la mesa las caras viandas que se suelen poner hoy en día. La tía hacía un buen puchero o una berza jerezana, y cada cual después añadía lo que podía, traído desde casa, pero cosas como un salchichón, un chorizo, algo de queso, y de postre los típicos navideños, turrones, roscos, polvorones y a veces hasta mazapanes (hoy está de moda hacer postres en la Thermomix).

Con esto quiero decir, que teniendo el espíritu familiar y tomando las Navidades como una excusa más para pasarlo con la familia lo mejor posible, no hace falta nada más para entrar en el siguiente año con las energías renovadas para enfrentarnos a nuestra “querida enemiga”.






CONTINUARÁ...

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